La vida de san Martín de Porres está llena de entrega, caridad y humildad. Desde sus primeros años de vida quería ser santo y por ello siguió con fe firme y total fidelidad los caminos del Señor; amó sin medida a la Virgen, se entregó con ahínco y fue feliz haciendo todo lo que estaba a su alcance para mejorar la vida de los que sufrían por carencias y estaban necesitados, tanto en lo material como en lo espiritual.
Este santo Limeño del siglo XVII, por su oración y penitencia, por saber perdonar, por sus buenas obras, y por responder siempre con abundancia de humanidad y altruismo a las llamadas del que padecía males, necesidades o enfermedades, recibió los apelativos cariñosos de "Martín el bueno", "Martín el caritativo", "padre de los Pobres" y "apóstol de la caridad".
