Desde los principios del cristianismo se ha venerado a la Virgen María con el título de Rosa Mística "por su pureza y la fragancia de su gracia" y en posteriores apariciones la Virgen pidió que se la invocara bajo ese nombre y se implantara su devoción.
Jesús desde la Cruz nos dejó como Madre a la Virgen María, y, desde entonces, Ella es nuestra mediadora en los Cielos, siempre está cerca de nosotros para darnos sus maternales y protectores cuidados, aliviar nuestros sufrimientos y llenar de amor, paz y armonía nuestros corazones y nuestras vidas.
